Las recientes cifras de las pruebas PISA volvieron a poner sobre la mesa el debate sobre la calidad educativa en América Latina. Pero, ¿un resultado numérico puede explicar por sí solo cómo está la educación de un país? Dos docentes de la Universidad del Tolima plantean que detrás de cada puntaje existen contextos, condiciones y procesos que también deben ser considerados.

Las pruebas PISA suelen aparecer en los titulares a partir de una cifra: un país sube, baja, mejora o retrocede frente a otros. Sin embargo, detrás de esos resultados existe una discusión más amplia sobre qué significa evaluar, qué entendemos por calidad educativa y, sobre todo, para qué utilizamos los resultados.

Ese fue el punto de partida de una conversación en El Dial de la Mañana de Radio Universidad del Tolima con Luz Estela García Carrillo, profesora de carrera de la Facultad de Educación de la Universidad del Tolima, y Fabio Moncada, magíster en Educación y docente de la institución, quienes analizaron las recientes discusiones alrededor de PISA y sus implicaciones para el sistema educativo.

¿Una prueba puede medir toda la calidad educativa?

Para Luz Estela García Carrillo, uno de los primeros asuntos que debe aclararse es que evaluar los aprendizajes en el aula y aplicar pruebas estandarizadas son procesos diferentes, aunque ambos hagan parte del sistema educativo.

La docente cuestiona que los resultados de una prueba terminen convirtiéndose en una definición general de la calidad de una institución, un territorio o un país.

“La primera premisa falsa que tenemos es que calidad es igual a resultados de pruebas X, Y o Z”.

A su juicio, la calidad educativa es un concepto mucho más amplio y depende de diferentes factores, prácticas y condiciones. Por eso, los resultados de PISA pueden ser un referente, pero requieren una lectura contextualizada y crítica.

¿Qué queda por fuera cuando solamente miramos el puntaje?

Fabio Moncada plantea que uno de los riesgos está en convertir las pruebas en una especie de medida universal para realidades educativas que son muy diferentes entre sí.

En una misma clasificación pueden aparecer instituciones con condiciones económicas, sociales, territoriales y de infraestructura muy distintas. Para el docente, comparar sus resultados sin considerar esas diferencias puede llevar a conclusiones equivocadas.

La conversación puso como ejemplo las dificultades que todavía enfrentan algunas instituciones educativas. García Carrillo relató el caso de una estudiante de maestría cuya escuela llevaba meses sin servicio de energía eléctrica. La pregunta, entonces, es cómo pueden evaluarse bajo los mismos parámetros instituciones que no cuentan siquiera con condiciones básicas similares.

Por eso, la profesora insiste en que los resultados deben servir para identificar necesidades y tomar decisiones, no únicamente para clasificar.

¿El problema está en los estudiantes, en los docentes o en el sistema?

Esta es quizá una de las preguntas más sensibles que aparecen después de cada resultado.

Moncada cuestiona las lecturas que utilizan las cifras para señalar directamente a docentes o estudiantes. García Carrillo, por su parte, plantea que la evaluación puede tener diferentes usos: puede contribuir a una mirada pedagógica o convertirse en una herramienta para buscar culpables.

“El problema no es que evaluemos, el problema es para qué la estamos usando”.

La diferencia no es menor. Una prueba puede entregar información útil para revisar currículos, fortalecer la formación docente o identificar dificultades de aprendizaje. Pero, según los docentes, el resultado cambia de significado cuando se utiliza principalmente para establecer rankings y determinar quiénes son “mejores” o “peores”.

¿Las pruebas están definiendo qué debe enseñar la escuela?

Otro de los efectos señalados durante la conversación tiene que ver con la manera en que los resultados pueden terminar modificando las prioridades dentro de las instituciones educativas.

Si determinadas áreas son las que aparecen en las pruebas estandarizadas, existe el riesgo de que reciban mayor atención curricular en detrimento de otros aprendizajes y dimensiones de la formación.

García Carrillo advierte que el impacto de estas evaluaciones no se limita a quienes presentan la prueba. También puede afectar a las instituciones, los currículos y la valoración que se hace de determinadas asignaturas.

De ahí la importancia de preguntarse no solamente qué mide una prueba, sino también qué empieza a considerarse importante dentro de la escuela como consecuencia de aquello que se mide.

¿Y qué ocurre con la tecnología y la inteligencia artificial?

La discusión sobre PISA también terminó conectándose con una transformación que atraviesa actualmente las aulas: el uso de dispositivos digitales y herramientas de inteligencia artificial.

Fabio Moncada señaló que docentes y estudiantes enfrentan nuevas formas de acceder a la información y al entretenimiento, mientras las instituciones educativas intentan responder a esos cambios.

En ese escenario, la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta de apoyo, pero los docentes plantearon una preocupación: que termine sustituyendo procesos que los estudiantes necesitan desarrollar por sí mismos.

La discusión, entonces, no pasa solamente por prohibir o permitir estas herramientas, sino por definir cómo utilizarlas dentro de los procesos de aprendizaje.

¿Qué debería hacerse con los resultados?

Para los docentes invitados, las cifras de PISA no deberían ignorarse. Pueden aportar información sobre determinados aprendizajes y permitir identificar dificultades. Lo que cuestionan es que ese resultado sea convertido en una explicación total del sistema educativo.

La profesora Luz Estela García Carrillo resume uno de los principales desafíos al señalar que los resultados tienen efectos sobre las personas, las instituciones y los procesos educativos, más allá de una posición estadística.

La discusión, por tanto, no termina cuando se publica una tabla de resultados. Apenas comienza: qué condiciones existen en las instituciones, qué están aprendiendo los estudiantes, cómo se están formando los docentes, qué papel cumplen las familias y qué decisiones se toman a partir de la evaluación.

Porque quizá la pregunta no sea solamente cuánto obtuvo Colombia en una prueba internacional, sino qué información útil podemos extraer de ese resultado para comprender y transformar las condiciones en las que ocurre la educación.

Redacción Simón González
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