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El profesor Henry Garzón Sánchez, ingeniero forestal y docente de la Universidad del Tolima, explicó en ‘Hablemos de Ciencia’ por qué estudiar las cuencas hidrográficas es fundamental para comprender fenómenos como las inundaciones, las sequías, los movimientos en masa y las avenidas torrenciales. El caso de la cuenca del Combeima permite aterrizar una discusión que conecta ciencia, territorio y prevención.

Cuando se habla de una cuenca hidrográfica, la imagen más común puede ser la de un río. Pero una cuenca es mucho más que el cauce por donde corre el agua.

Es un territorio en el que interactúan la lluvia, el suelo, la vegetación, las aguas superficiales y subterráneas, el relieve, el clima, los ecosistemas y también las actividades humanas.

Así lo explicó en Hablemos de Ciencia el profesor Henry Garzón Sánchez, ingeniero forestal, magíster en Manejo Integrado de Recursos Naturales y doctor en Ingeniería de Recursos Hidráulicos, quien lleva décadas investigando y trabajando alrededor de la planificación y el manejo ambiental de cuencas hidrográficas.

Dr. Gustavo Vallejo – Dr. Henry Garzón, izquierda a derecha respectivamente.

¿Por qué importa estudiar una cuenca?

Porque lo que ocurre en una parte del territorio puede terminar afectando a otra.

Cuando llueve, el agua interactúa con el suelo y la vegetación. Una parte se infiltra, otra corre por la superficie, otra se evapora y otra puede alimentar sistemas de aguas subterráneas.

Comprender esas dinámicas permite anticipar riesgos y tomar decisiones sobre el territorio.

Para Garzón, la cuenca también debe entenderse de manera integral: allí interactúan componentes geológicos, geomorfológicos, climáticos y biológicos, pero también las actividades económicas y sociales de las comunidades que habitan ese espacio.

Por eso, además de estudiar el agua, investigar una cuenca significa preguntarse cómo se está ocupando el territorio, cómo se producen los alimentos, cómo se utilizan los suelos y qué relación estamos construyendo con los ecosistemas.

¿Cambio climático o variabilidad climática?

Una de las diferencias que plantea el profesor es importante para entender la conversación ambiental actual.

La variabilidad climática hace referencia a las fluctuaciones naturales del clima a diferentes escalas de tiempo. Sequías, temporadas de lluvias, fenómenos como El Niño y La Niña y otros comportamientos atmosféricos forman parte de una dinámica que ha existido mucho antes de la intervención humana.

El cambio climático, en cambio, obliga a mirar también las transformaciones producidas por las actividades humanas, especialmente desde los procesos de industrialización y el aumento del consumo de recursos.

Pero Garzón advierte que la discusión no puede reducirse a decir que todo fenómeno extremo ocurre simplemente “por el cambio climático”.

El comportamiento del clima es mucho más complejo y está relacionado con procesos de la atmósfera, los océanos, la superficie terrestre y otros sistemas que interactúan permanentemente.

Por eso, comprender lo que ocurre exige investigación y conocimiento del territorio.

¿Qué está pasando en las cuencas del Tolima?

En el departamento existen diferentes cuencas y sistemas hidrográficos con características particulares. Entre ellas está la cuenca del río Saldaña, que ocupa cerca del 45 % del territorio tolimense, además de sistemas como los ríos Coello, Combeima, Luisa, Prado, Gualí, Lagunilla y Recio, entre otros.

En estos territorios aparecen problemas ambientales que no necesariamente tienen una sola causa.

El profesor señala situaciones como la deforestación, las quemas, actividades mineras sin suficiente control, extracción de materiales de arrastre, degradación de los suelos, erosión, movimientos en masa, incendios forestales, inundaciones y avenidas torrenciales.

Y allí aparece una idea clave: el estado del suelo también determina cómo responde una cuenca frente al agua.

Cuando una capa de suelo se pierde por procesos erosivos, se afecta su capacidad productiva y cambian las condiciones del territorio. El agua que circula por una ladera puede transportar sedimentos y terminar modificando otros sectores de la cuenca.

¿Y qué pasa con el Combeima?

El caso de la cuenca del río Combeima resulta especialmente relevante para Ibagué.

Según la explicación del profesor, esta cuenca tiene alrededor de 27.000 hectáreas y está conformada por más de una veintena de microcuencas.

En buena parte de ellas existen dinámicas relacionadas con crecientes y flujos torrenciales, fenómenos que pueden intensificarse durante eventos extremos de lluvia.

Por eso, una lluvia fuerte no debe analizarse únicamente desde lo que ocurre durante el aguacero.

También es necesario conocer las condiciones de la cuenca: cómo están los suelos, qué cobertura vegetal existe, cómo se han ocupado las laderas, qué tan intervenidos están los ecosistemas y cuáles son las zonas susceptibles a movimientos o crecientes.

El profesor recordó además que en sectores asociados al Combeima se han presentado históricamente eventos de este tipo y señaló que episodios recientes de lluvias intensas muestran la necesidad de fortalecer el conocimiento y la prevención.

¿Qué hacer antes de que ocurra una emergencia?

Para Henry Garzón, la respuesta no puede limitarse a reaccionar cuando llega una inundación, una avenida torrencial o un movimiento en masa.

La apuesta debe comenzar mucho antes.

Eso implica fortalecer la protección, conservación y restauración de los ecosistemas; recuperar los suelos; estudiar los procesos erosivos; ordenar adecuadamente el territorio y promover una planificación que permita saber dónde y cómo desarrollar las actividades productivas.

También propone fortalecer la organización alrededor de las microcuencas y promover un trabajo conjunto entre academia, instituciones, comunidades, productores y otros actores del territorio.

Su planteamiento parte de una idea sencilla: conocer mejor una cuenca permite tomar mejores decisiones sobre ella.

“Tenemos que avanzar en el conocimiento más de cerca, más detallado de las interrelaciones y manifestaciones de todos estos procesos que nos aquejan”.

La cuenca también se construye con conocimiento local

Una de las propuestas del profesor es que la investigación científica no trabaje de espaldas a quienes conocen el territorio desde la experiencia cotidiana.

Productores, habitantes rurales, comunidades y los llamados “baquianos” poseen conocimientos que pueden complementar el trabajo de profesionales e instituciones.

Por eso, para Garzón, la planificación debe ser concertada y corresponsable.

No se trata únicamente de producir estudios o formular planes, sino de lograr que ese conocimiento se traduzca en acciones concretas.

“A veces nos quedamos en mucho plan, en mucha intención de programa, incluso de proyectos, pero no llegan algunos proyectos diciendo y haciendo”.

La discusión sobre las cuencas hidrográficas termina siendo, entonces, una discusión sobre cómo queremos habitar el territorio.

Porque detrás de una quebrada que se desborda, una ladera que pierde suelo, una temporada de sequía o una avenida torrencial existe una combinación de procesos naturales y decisiones humanas que necesitan ser comprendidos.

Y en ese punto la ciencia cumple una función esencial: no solamente explicar lo que ocurre, sino ayudar a prevenir, planificar y actuar antes de que el territorio vuelva a recordarnos sus límites.

Redacción Simón González

Imagen principal: suministrada