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En el especial de marzo sobre mujeres que abren espacio en distintos campos, la trayectoria de Gloria Marcela Flórez evidencia cómo la educación ambiental puede convertirse en una práctica situada, crítica y transformadora.
Educar desde el borde del camino
Hay profesoras que enseñan con diapositivas.
Otras enseñan caminando.
Para Gloria Marcela Flórez, la educación ambiental no ocurre entre cuatro paredes ni bajo la luz fría de un proyector. Ocurre en el borde del camino, donde la tierra se quiebra en pequeños barrancos y obliga a mirar el suelo con atención. “Siempre aprovecharemos cualquier barranquito para educar”, dice. Y no es una figura retórica: es una declaración metodológica.
“Siempre aprovecharemos cualquier barranquito para educar”.
En marzo, mes en que la Universidad del Tolima reconoce a las mujeres que abren espacio en escenarios históricamente adversos, su nombre emerge como parte de una generación que ha convertido la educación ambiental en un acto político cotidiano.

Niños avistando. Expedición Arcoíris. Foto tomada de: CORTOLIMA.
Una vocación que no cabía en el aula
Su historia no comenzó en el Tolima. Comenzó en Caldas, donde a los diecisiete años, cuando otros apenas deciden su carrera, Marcela recorría el camino hacía las veredas cargada de libros y semillas. Se formó como normalista, pero su verdadera iniciación ocurrió en el Jardín Botánico de la Universidad de Caldas. Allí entendió que el territorio no es paisaje: es conflicto, memoria y posibilidad.
Desde entonces, su idea de aula quedó desplazada. El conocimiento debía tocar el suelo. Debía escuchar al campesino, a la mujer que administra el agua, al niño que reconoce el canto de un ave antes de aprender a nombrarla en latín.
Esa convicción la acompaña hoy en la Cátedra Ambiental Gonzalo Palomino Ortiz, que lidera desde hace una década.
Diez años al frente de la Cátedra Ambiental Gonzalo Palomino Ortiz
Durante diez años, Marcela ha sostenido la Cátedra como una práctica viva: un espacio donde el conocimiento no se acumula, sino que se ejerce. Allí, la educación ambiental no se limita a transmitir contenidos; se asume como una acción consciente que dialoga con el territorio y lo transforma en el proceso.
La Cátedra se convirtió en un laboratorio donde estudiantes de la Maestría en Educación Ambiental aprenden a leer el entorno con herramientas científicas sin abandonar los saberes locales. La reflexión ocurre al mismo tiempo que el recorrido; la teoría se afina mientras se camina.
La Expedición Arcoíris —uno de los procesos más significativos— expresa con claridad esa apuesta pedagógica. Es un ejercicio de encuentro entre universidad y comunidad. En Herveo, un niño trovador improvisa versos sobre las aves de su finca. En otros municipios, estudiantes regresan a sus lugares de origen con nuevas preguntas sobre el agua, la minería o el uso del suelo.
La educación deja de ser transmisión y se vuelve experiencia situada.
Fotografía tomada del archivo de la Expedición Arcoíris y la Cátedra Ambiental.
Incomodar también es producir conocimiento
Ser mujer, latinoamericana y ambientalista es, la mayoría de las veces, una incomodidad para el orden establecido. El año pasado, en Valencia, España, Marcela sintió ese escozor en carne propia. La habían invitado a un encuentro internacional sobre didáctica de las ciencias, pero su sola presencia desafiaba la lógica del evento. Al terminar, el organizador se le acercó con una confesión agridulce: le dio las gracias por ir, pero admitió que dentro de la organización hubo resistencia feroz a su nombre. No querían a una mujer y, mucho menos, a una que viniera de este lado del mundo.
Para Marcela, esta tensión no es nueva. Es una disputa simbólica por quién puede producir conocimiento válido y desde dónde.
Lejos de retraerse, entendió que su presencia allí no era individual. Era parte de una conversación más amplia sobre la legitimidad de las epistemologías del Sur y sobre el derecho de las mujeres latinoamericanas a ocupar escenarios globales sin pedir permiso.
La política del cuidado: una alianza poco común
Sostener esta trayectoria no ha sido un ejercicio solitario. Marcela habla de una alianza poco común en la organización de su vida familiar: su esposo renunció a su estabilidad en la Federación de Cafeteros en Caldas para que ella pudiera perseguir el sueño de ser docente universitaria en el Tolima.
Ese gesto revela algo más profundo: una redistribución real del cuidado que le ha permitido habitar el territorio sin culpa y la academia sin renuncia.
No se trata de agradecimientos ni de concesiones. Se trata de coherencia. De entender que la justicia ambiental para Marcela, así como para la gran mayoría de mujeres de Latinoamérica y el mundo, inicia por una revolución cotidiana: la manera como se distribuyen los cuidados. En un sistema académico que todavía presupone que el tiempo femenino es infinitamente elástico, disputar y construir condiciones materiales para investigar y caminar el territorio es, por mucho, un gesto político.
Imaginar el mundo sin oxígeno
En sus clases propone un ejercicio que parece simple. Pide imaginar un mundo sin celulares, sin computadores. La mayoría cree que sería difícil, pero posible. Luego plantea la segunda pregunta: ¿y si no hubiera oxígeno?
Lo ambiental no es una asignatura complementaria. Es la condición que sostiene todas las demás.
El silencio que sigue no es pedagógico; es existencial. Allí se revela el núcleo de su apuesta.
Abrirse espacio es transformar la forma de enseñar
En este especial de marzo, hablar de Gloria Marcela Flórez es reconocer una forma de ejercer la docencia que incomoda jerarquías, desplaza el centro de la academia y obliga a repensar dónde se produce el conocimiento.
Con un recorrido de diez años en la Cátedra Ambiental Gonzalo Palomino Ortiz, su trabajo se refleja en estudiantes que aprenden a escuchar antes de intervenir. En comunidades que dialogan con la universidad sin sentirse subordinadas. En jóvenes que comprenden que defender el territorio no es una consigna romántica, es una decisión ética.
En el borde del camino, donde la tierra obliga a bajar la mirada y prestar atención, Marcela confirma algo elemental: educar sobre el ambiente es educar sobre la vida misma. Y hacerlo siendo mujer, en un campo que todavía disputa legitimidades, es una forma concreta de abrir espacio para otras.
Redacción por: Saray Moreno.
Imagen principal: Suministrada – Radio Universidad del Tolima









