Tabla de contenidos
A casi cinco mil metros sobre el nivel del mar, cuando el viento corta la respiración y el silencio se vuelve absoluto, muchas personas lloran.
Nicole Urrego Gómez ya lo sabe. Lo ha visto decenas de veces guiando turistas hacía la cumbre del nevado Santa Isabel.
“La gente cree que llora por el esfuerzo físico”, dice. “Pero no. Llora por todo lo que carga por dentro”.
Nicole también ha llorado en la montaña.

Parque Nacional Natural Los Nevados. Diciembre de 2024. Foto tomada de @montanayroca.
Nicole Urrego Gómez es guía de alta montaña y, hace algunos años, creó su propia agencia: Montaña y Roca. En sus travesías ha recorrido las rutas del Parque Nacional Natural Los Nevados, ascendiendo montañas como el Ruiz, Santa Isabel y el Paramillo del Cisne. En esos caminos ha visto amanecer sobre los glaciares, lagunas congeladas, frailejones que resisten el frío y una biodiversidad que solo aparece en las alturas de la cordillera.
“La montaña es mi vida, mi trabajo, mi psicóloga”, dice Nicole. Gran parte de su tiempo transcurre allí arriba. Aunque vive en Ibagué, pasa más días en expediciones, caminando sobre hielo o guiando turistas por senderos de alta montaña. Y cuando regresa a la ciudad, su mente sigue allá, pensando en el clima, en las rutas o en el próximo ascenso.
Habla del silencio como quien describe un límite, pero también como quien repite un mantra. En la altura —dice— el ruido desaparece y las personas se enfrentan consigo mismas. Allí, muchas veces, aparecen respuestas que en la ciudad permanecen ocultas.
Nicole recuerda a varios turistas que, después de alcanzar una cumbre, han llorado. No siempre es por el esfuerzo físico, explica. A veces es porque, en medio del frío y la quietud de la montaña, logran soltar aquello que venían cargando.
Pero ese vínculo con la montaña no nació por casualidad. Nicole creció en la finca de su abuela materna, en las montañas de Palocabildo, al norte del Tolima. Junto a su tía Lolo y su hermana Mich, pasó buena parte de su infancia explorando senderos, nadando en el río y recorriendo las ruinas de la Ciudad Perdida de Falan, un lugar que entonces era su parque de diversiones.
Cuando recuerda ese paisaje, la imagen aparece nítida: potreros verdes, cultivos de aguacate, café y cacao, y muchas vacas pastando en las colinas. “Por eso creo que me gustan tanto las vacas”, dice entre risas.
Pero esa vida cambió cuando tenía seis años. Su padre, docente, fue trasladado a Ibagué y la familia dejó el campo para instalarse en la ciudad. El cambio fue brusco. Nicole recuerda que entonces experimentó algo que hoy reconoce como su primer episodio de tristeza profunda.
Su madre es abogada y durante mucho tiempo Nicole pensó que ese también sería su camino. Por eso ingresó a estudiar Derecho en la Universidad del Tolima.
Pero mientras preparaba exámenes de argumentación jurídica y avanzaba en su carrera, ocurrió algo que cambió el rumbo de su vida: conoció el Club de Montaña y Escalada de la universidad.
Allí volvió a encontrarse con algo que ya estaba en su historia desde la infancia: la montaña. Entonces entendió que, aunque el Derecho le gustaba, no sería feliz detrás de un escritorio. Su vida, dice, tenía que volver a conectarse con aquello que siempre la había hecho sentir libre.

Nicole Urrego Gómez en la cumbre del Nevado del Tolima. Mayo de 2024. Foto tomada del perfil de la guía.
Pero la vida en la montaña también exige un cuerpo resistente. En el caso de Nicole, esa exigencia ha significado enfrentarse a varias condiciones de salud: asma, rinitis alérgica, sinusitis y alergias frecuentes.
Aun así, sigue subiendo. Cuando le pregunto por qué insiste, responde con una sonrisa breve y una frase que parece resumir su carácter:
“Terca es mi segundo nombre”.
Pero en la montaña no todo es contemplación. También está presente la posibilidad de la muerte.
Nicole lo entendió de manera íntima hace algunos años, cuando falleció su tío Humberto, una pérdida que la obligó a enfrentarse por primera vez con la fragilidad de la vida. “Fue un golpe de realidad”, recuerda. “Entender que esto nos puede pasar en cualquier momento”.
Ese duelo la llevó a hacerse preguntas difíciles y a confrontarse consigo misma. Con el tiempo entendió que la montaña también exige pensar en esos límites. Como guía, muchas personas ponen su vida en sus manos.
En cada expedición Nicole debe estar preparada para responder ante emergencias físicas, crisis emocionales o situaciones inesperadas. Por eso se ha formado en primeros auxilios en áreas remotas y en manejo de riesgos en alta montaña. La responsabilidad es enorme: cada paso que da el grupo depende, en parte, de sus decisiones.
Aunque dice que no piensa todo el tiempo en la muerte cuando está guiando, sabe que es una posibilidad real en esos paisajes extremos. Y que enfrentarse a ella en la montaña puede ser incluso más duro que hacerlo en la ciudad.
El montañismo ha sido, durante mucho tiempo, un territorio dominado por hombres. Nicole lo sabe y lo ha vivido.
Cuando inicia algunas expediciones, dice, hay turistas que se sorprenden al descubrir que la guía es una mujer. A veces la duda aparece de inmediato: si realmente podrá liderar la travesía, soportar el frío o conducir al grupo hasta la cumbre.
Pero esa incertidumbre suele desaparecer con el paso de las horas. Después de caminar juntos, de enfrentar el cansancio, el viento o la altura, muchos terminan reconociendo su fortaleza.
“Algunos me dicen: ‘Oye, pero tú eres muy fuerte para ser mujer’”, cuenta Nicole. Y aunque la frase aún revela prejuicios, también refleja la admiración que surge cuando comprenden que la montaña no distingue entre hombres y mujeres, sino entre quienes están preparados para enfrentarla.
A casi cinco mil metros sobre el nivel del mar, cuando el viento se vuelve más fuerte y el aire más delgado, muchas personas lloran. Nicole lo ha visto una y otra vez cuando sus grupos alcanzan la cumbre.
A veces no es el cansancio físico. Es algo más profundo: la sensación de haber llegado hasta allí con todo lo que se carga por dentro.
Para Nicole Urrego Gómez, la montaña no es solo un paisaje.
Es el lugar donde el ruido del mundo se detiene.
Donde las personas se enfrentan a sí mismas.
Donde algunos lloran.
Y donde, a veces, encuentran respuestas.
Redacción por: Saray Moreno
Fotos suministradas – Radio Universidad del Tolima








