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La historia de una mujer que convirtió la incomodidad en identidad: de la barra del Deportes Tolima al ska ibaguereño, Diana Arbeláez encontró en la música una forma de abrirse camino.


En la tribuna Sur del Estadio Manuel Murillo Toro, Diana Arbeláez toca rodeada de doce hombres enmascarados que sostienen trompetas. Lleva el rostro cubierto con una máscara vinotinto atravesada por figuras triangulares doradas y, sobre ella, unas gafas oscuras. Viste la camiseta del Deportes Tolima —la que Mercacentro y Águila patrocinaron entre 2014 y 2016— y en su mano izquierda sostiene un trombón dorado. La escena parece coreografiada, pero su lugar ahí no siempre fue evidente. En esa misma tribuna, muchos años atrás, cuando apenas era adolescente, Diana aprendió a tocar trompeta mientras desde alrededor le gritaban que se callara. Ella insistió con terquedad hasta que dejó de ser la mujer incómoda con un instrumento en las manos y empezó a ser llamada para tocar con La Musical y con otras bandas de la ciudad.
Diana Arbeláez es una mujer difícil de ubicar. Nunca encaja del todo y, en esa incomodidad, transgrede los límites de lo que para una mujer suele considerarse permitido. Hoy es líder de Atrapamoskas, una agrupación de ska ibaguereño. Es rude girl. Es viajera. Es mamá.
Diana es una mujer de amores y odios. Su carácter es sorpresivo y su autenticidad, difícil de ignorar. Su estilo es inconfundible: zapatos creepers, mocasines tipo brogue u oxford de suela alta y, por supuesto, botas Dr. Martens. Los combina con faldas cortas, medias de malla, blusas al cuerpo y gorras. En la piel lleva tatuajes que remiten a su ciudad, al fútbol y a la música. Cuando llega a un lugar, las miradas se voltean. Es inevitable. Y cuando habla, ocurre lo mismo: Diana no tiene filtros. Es directa, frontal, incapaz de disimular. Si algo le incomoda, lo dice; si algo la sorprende, lo expresa; y si quiere algo, lo consigue. Tal vez por eso provoca reacciones opuestas: hay quienes la celebran y quienes no la soportan.
Antes de la tribuna, Diana ya sabía lo que era sentirse distinta. A los catorce años, un accidente afectó su rostro, especialmente su ojo derecho. En el colegio comenzó a usar un parche. Algunas niñas la llamaban “Guasimodo”. La empujaban. La dejaban por fuera. Con el tiempo, esa sensación de no encajar empezó a repetirse en muchos lugares de su vida. Y fue desde ahí —desde ese margen— que Diana aprendió a responder con carácter.
La barra fue el primer lugar donde Diana sintió que encajaba. Entró por primera vez a la tribuna en 2009, poco después de salir del colegio. La llevaron unos amigos del barrio. El ambiente la sorprendió: los instrumentos, los bombos, las mallas gigantes ondeando sobre la grada. Entre cantos, humo y trompetas, algo hizo clic. En medio de ese ruido colectivo, Diana encontró un lugar.
La música apareció como una forma de resistencia. La primera persona en poner una trompeta en sus manos fue Richard, integrante de Sobredosis, una de las facciones de la barra brava del Deportes Tolima. Él le repetía que, si quería hacerse un lugar en la tribuna, tenía que hacerse notar. La música podía ser su forma de hacerlo. Al principio, Diana no tocaba bien. El sonido salía torpe, descompuesto. Pero insistió. Una y otra vez, hasta que la trompeta empezó a responderle.
Pero Diana no quería ser solo tolerada: quería ser parte. Una de las primeras resistencias que encontró fue el machismo dentro de la barra. Aunque ya existían Las Morganas —la primera barra femenina del país—, las mujeres seguían quedando por fuera de muchos espacios. No eran convocadas a reuniones ni a decisiones importantes. Estaban en la tribuna, pero no necesariamente dentro.
Diana terminó convirtiendo esa incomodidad en una forma de identidad. Después de tocar con La Musical de Colombia, empezó a participar en otros proyectos culturales, entre ellos el Festival Folclórico y la Fundación Semillas Corazón de Oro. Con el tiempo decidió pasar de formada a formadora. Junto a varios compañeros de la barra impulsó las primeras escuelas musicales. La primera nació en la Universidad del Tolima, y por ellas han pasado generaciones de niñas, niños, jóvenes y adultos que encontraron en los instrumentos una puerta de entrada a la música. En esos años también viajó. Recorrió varios países de Latinoamérica con un cuatro a cuestas. En el camino afinó su búsqueda: se enamoró del ska y empezó a asumirse como una rude girl.
En 2020, esa mezcla de tribuna, música y calle terminó tomando forma en un proyecto propio: Atrapamoskas. La banda nació entre amigos, músicos y compañeros de barra que compartían una misma obsesión por el ska. El nombre jugaba con esa mezcla de ironía y ritmo: una especie de deformación de “atrapamoscas” atravesada por el ska que los unía. Para Diana, el proyecto significaba algo más que una banda. Era la posibilidad de llevar la energía de la tribuna a otros escenarios de la ciudad.

En los conciertos de Atrapamoskas, algo de la tribuna sigue vivo. En presentaciones como las de Ibagué Ciudad Rock, el trapo aparece extendido sobre el público mientras el pogo empieza a moverse entre la gente. Desde el escenario, Diana toca mientras observa ese remolino de cuerpos que salta y se empuja al ritmo de los vientos. Durante años aprendió a habitar la tribuna desde abajo, entre bombos y trompetas. Ahora la mira desde arriba. Pero la energía es la misma.
En 2020 otro acontecimiento atravesó su vida: el nacimiento de su hija, Amelia. “La maternidad la parte a una en dos”, dice Diana. Con el embarazo llegaron también muchas dudas. Sabía que su vida iba a cambiar y cambió. Durante un tiempo dejó de ir a la barra. Su nueva rutina exigía algo distinto: tiempo, presencia, cuidado. Cuidarse para poder cuidar. En algunos momentos sintió que estaba traicionando una parte de sí misma. Con el tiempo entendió que no era una renuncia, sino una forma de reorganizar prioridades. Desde entonces, la maternidad se ha convertido en un diálogo constante entre lo que desea y lo que puede hacer, y también en una disputa con las expectativas que otros tienen sobre cómo debería ser una madre.
Pero las cosas no siempre estuvieron tan claras. Diana atravesó una depresión postparto y el temor de que su identidad se diluyera en la maternidad. En ese momento difícil volvió a lo que siempre la sostuvo: la música. Volver a tocar. Sostener la banda. Criar a su hija. Estudiar. Diana nunca abandonó su identidad. La reorganizó. Hoy, esa mujer que alguna vez fue la adolescente incómoda con una trompeta en la tribuna, lidera una banda, construye escena cultural y cría a su hija. Y en ese equilibrio imperfecto, insiste en lo mismo que ha hecho toda su vida: seguir siendo quien es.
Redacción por: Saray Moreno.








