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- La mayoría de los incendios forestales no se originan por causas naturales. Comprender las condiciones de la vegetación, la atmósfera y el comportamiento del fuego permite anticipar escenarios de riesgo y tomar mejores decisiones, explicó la ingeniera forestal y experta en ecología del fuego María Constanza Mesa Elizalde durante su visita a Radio Universidad del Tolima.
- ¿Los incendios forestales son fenómenos naturales?
- Entonces, ¿se puede anticipar un incendio?
- ¿Por qué el bosque seco requiere especial atención?
- ¿Un bosque siempre tarda décadas en recuperarse?
- ¿Hay que apagar el fuego a cualquier costo?
- ¿Qué ocurre con las quemas realizadas por comunidades campesinas e indígenas?
- ¿Y los helicópteros? ¿Realmente apagan los incendios?
- ¿Entonces cómo puede ayudar la ciudadanía?
- Entender el fuego antes de enfrentarlo
La mayoría de los incendios forestales no se originan por causas naturales. Comprender las condiciones de la vegetación, la atmósfera y el comportamiento del fuego permite anticipar escenarios de riesgo y tomar mejores decisiones, explicó la ingeniera forestal y experta en ecología del fuego María Constanza Mesa Elizalde durante su visita a Radio Universidad del Tolima.
Cuando aparece un incendio forestal, la imagen suele ser la misma: llamas, humo, helicópteros lanzando agua y comunidades intentando ayudar.
Pero detrás de ese escenario existe un fenómeno mucho más complejo.
La intensidad con la que avanza el fuego depende de las condiciones de la vegetación, de la cantidad de material disponible para quemarse y de variables atmosféricas como la temperatura, la humedad y la estabilidad de la atmósfera.
Comprender esa relación fue precisamente el propósito del espacio “Meteorología y comportamiento del fuego: entender la atmósfera para anticipar el incendio”, desarrollado en la Universidad del Tolima y que tuvo como invitada a María Constanza Mesa Elizalde, ingeniera forestal, PhD en Ciencias y experta en Manejo Integral y Ecología del Fuego.
Durante una entrevista en Radio Universidad del Tolima, la investigadora explicó que, aunque no es posible saber exactamente dónde comenzará un incendio, sí existen herramientas científicas para identificar territorios y condiciones con mayor exposición al fuego y anticipar cómo podría comportarse.
Y para entenderlo hay que empezar por desmontar algunas ideas bastante arraigadas.
¿Los incendios forestales son fenómenos naturales?
No en la mayoría de los casos.
Mesa Elizalde explicó que aproximadamente el 99 % de los incendios tiene causas antrópicas, mientras que una proporción mucho menor puede originarse por fenómenos naturales como rayos o erupciones volcánicas.
Pero la investigadora hizo una precisión importante: decir que son de origen humano no significa que todos respondan a la misma causa.
Detrás de los incendios existen dinámicas políticas, económicas, sociales y territoriales que deben ser estudiadas para comprender por qué ocurren.
Y ahí aparece uno de los primeros mitos que la experta cuestionó durante la conversación:
“No son las colillas de cigarrillo, ni son los vidrios, las botellas rotas que nos dicen desde niños. Eso es un mito, es un mito”.
La afirmación apunta a una idea que durante años se ha repetido como explicación principal de los incendios, pero que no corresponde con la dimensión del problema que muestran las investigaciones.
Entonces, ¿se puede anticipar un incendio?
La respuesta requiere una precisión.
No significa que la ciencia pueda señalar con exactitud: “mañana comenzará un incendio en este punto”.
Lo que sí puede hacer es identificar condiciones que aumentan el riesgo y estudiar cómo podría comportarse el fuego si aparece una fuente de ignición.
Una de las herramientas utilizadas por quienes investigan estos fenómenos es la información satelital.
A través de diferentes índices espectrales es posible observar, por ejemplo, el estado de sequedad de la vegetación.
Eso no permite afirmar que allí necesariamente comenzará un incendio, pero sí identificar zonas donde el combustible vegetal está más seco y, por tanto, existe una mayor exposición si aparece una fuente de ignición.
También se pueden estudiar las llamadas cargas de combustible, que corresponden a la cantidad de material vegetal seco y verde acumulado en un territorio.
La lógica es relativamente sencilla: cuanto mayor sea la cantidad y disponibilidad de combustible, mayores pueden ser las condiciones para que un incendio alcance determinada intensidad.
Por eso, una de las conclusiones de la entrevista es que la gestión del riesgo comienza antes de que aparezcan las llamas.
¿Por qué el bosque seco requiere especial atención?
El contexto del Tolima resulta especialmente relevante.
El departamento hace parte de una región donde existe una importante presencia de bosque seco tropical, un ecosistema que ha perdido buena parte de su cobertura y que, precisamente por esa reducción, se vuelve más vulnerable.
Mesa Elizalde explicó que cuando un ecosistema disminuye su área, aumenta su vulnerabilidad frente a diferentes perturbaciones.
A esto se suman las características propias del bosque seco y otros factores como la deforestación, las actividades ganaderas, las plagas y los patógenos.
Pero existe otro problema menos visible: qué ocurre después de un incendio.
La investigadora explicó que un área quemada puede volver a incendiarse y, dependiendo de las condiciones, el siguiente evento podría ser incluso más intenso.
Cuando un incendio genera mortalidad de árboles y ramas, parte de ese material queda sobre el terreno.
En palabras de la experta, termina siendo “más leña para el fuego”.
Por eso el monitoreo de las áreas afectadas no debería terminar cuando se extinguen las llamas.
¿Un bosque siempre tarda décadas en recuperarse?
Tampoco existe una cifra única.
Mesa Elizalde cuestionó precisamente algunas afirmaciones que circulan sobre tiempos determinados de recuperación.
La respuesta depende, entre otros factores, de cómo se encontraba el bosque antes del incendio y de qué tan severo fue el fuego.
Un incendio que avanza rápidamente puede afectar hojas y vegetación superficial sin necesariamente provocar una alta mortalidad de los árboles.
En cambio, un incendio intenso puede comprometer estructuras más gruesas y generar daños mucho mayores.
La investigadora incluso explicó que existe una señal que puede ayudar a interpretar preliminarmente la intensidad del fuego: el color del humo.
Cuando el humo es blanco, puede indicar que se está quemando combustible fino como pastos, hojarasca o ramas delgadas.
Si el humo adquiere una tonalidad negra, puede significar que están entrando en combustión materiales más gruesos, incluidos los troncos, lo que puede asociarse con una mayor mortalidad de la vegetación.
Esto no reemplaza una evaluación científica del incendio, pero ayuda a comprender que no todos los fuegos tienen el mismo comportamiento ni producen el mismo impacto.
¿Hay que apagar el fuego a cualquier costo?
Aquí aparece quizá la idea más contraintuitiva de toda la entrevista.
La investigadora explicó que Colombia tiene una deuda legislativa relacionada con el manejo integral del fuego y que desde 2017 se viene trabajando en una propuesta de ley que busca cambiar la manera de gestionar estos fenómenos.
La idea no consiste en promover incendios.
Consiste en entender que, bajo determinadas condiciones y con personal capacitado, el fuego también puede utilizarse como herramienta de manejo del territorio.
Por ejemplo, las denominadas quemas prescritas o controladas pueden reducir la cantidad de combustible fino disponible.
Mesa Elizalde utilizó una comparación muy sencilla para explicar la diferencia entre una quema de baja intensidad y un incendio:
“Si ustedes lo pasan por ahí rápido sienten calorcito, pero no se van a quemar. Pero si usted llega y pone la llama y deja el dedo ahí puesto sobre la llama, todo cambia”.
El objetivo de determinadas prácticas de manejo sería precisamente reducir la cantidad de combustible disponible para que, cuando aparezca un incendio, su intensidad pueda ser menor y existan mejores posibilidades para controlarlo.
¿Qué ocurre con las quemas realizadas por comunidades campesinas e indígenas?
La entrevista también permitió cuestionar otro señalamiento frecuente.
Mesa Elizalde rechazó la idea de atribuir automáticamente los incendios a las comunidades campesinas o indígenas.
Aclaró que una quema controlada puede, por supuesto, salirse de control, pero señaló que eso representa una proporción muy pequeña frente al conjunto de incendios provocados.
También llamó la atención sobre la dirección de propagación observada en algunos incendios estudiados en el Tolima y el Huila.
La investigadora estuvo, por ejemplo, en los incendios de Coello y en los registrados en 2024 en Tolima y Huila, y explicó que el comportamiento observado no correspondía necesariamente a la idea de que una quema agrícola había iniciado el incendio y este se había desplazado hacia la montaña.
Su planteamiento es que también deben estudiarse las dinámicas territoriales y las diferentes formas de uso del fuego, evitando reducir un problema complejo a la búsqueda inmediata de un culpable.
¿Y los helicópteros? ¿Realmente apagan los incendios?
No exactamente.
Durante la conversación, Mesa Elizalde explicó que un helicóptero puede cumplir tres funciones diferentes en una emergencia.
La primera es el monitoreo: desde el aire permite observar cómo está avanzando el incendio y entregar información al comando del incidente.
La segunda es transportar o retirar personal de lugares de difícil acceso.
La tercera son las descargas de agua.
Pero incluso en este último caso existe una precisión fundamental: el helicóptero no apaga por sí solo el incendio.
La descarga reduce temporalmente la altura de las llamas y genera una ventana para que quienes están trabajando en tierra puedan intervenir.
Además, para que las descargas sean efectivas, la investigadora explicó que no deberían transcurrir más de 12 minutos entre una y otra, algo que un único medio aéreo difícilmente puede garantizar por sí mismo. De ahí la importancia del trabajo coordinado y del llamado sistema de carrusel.
Y hay incendios tan intensos que las condiciones de calor y humo hacen imposible la operación de las aeronaves.
¿Entonces cómo puede ayudar la ciudadanía?
Aquí la recomendación de la experta es contundente: no ingresar al incendio por cuenta propia.
Mesa Elizalde contó que algunas personas, incluso estudiantes con la intención de ayudar, han resultado heridas al intentar ingresar a zonas afectadas sin los elementos ni la preparación necesaria.
También advirtió sobre el uso de fumigadoras de espalda para combatir incendios intensos.
Estos equipos no están diseñados para enfrentar ese tipo de condiciones y, debido al calentamiento del agua y al material con el que están fabricados, pueden convertirse en un riesgo para quien los utiliza.
La ciudadanía sí puede colaborar, pero debe hacerlo siguiendo las instrucciones del comandante del incidente y atendiendo las necesidades que establezcan los organismos de emergencia.
La razón es sencilla: cuando una persona ingresa sin coordinación y resulta herida, los equipos de emergencia tienen que interrumpir otras labores para rescatarla.
Como explicó la investigadora, la prioridad de los organismos de emergencia es la vida.
Entender el fuego antes de enfrentarlo
La conversación con María Constanza Mesa Elizalde deja una idea central: reducir el riesgo de los incendios forestales no consiste únicamente en reaccionar cuando aparecen las llamas.
Implica conocer los ecosistemas, estudiar la vegetación, monitorear las condiciones atmosféricas, gestionar las áreas quemadas, formar a las comunidades y contar con una normativa que permita utilizar las herramientas disponibles de manera segura.
También implica cambiar algunas ideas.
El fuego no es simplemente un enemigo que debe desaparecer.
Como señaló la investigadora:
“El fuego es el patito feo de la conservación”.
Su propuesta es dejar de verlo únicamente como un elemento destructor y empezar a comprender cuándo, dónde y bajo qué condiciones puede ser gestionado.
Y en un territorio como el Tolima, donde los incendios forestales representan una amenaza recurrente, entender esa diferencia puede ser mucho más que una discusión académica.
Puede convertirse en una herramienta para anticipar, prevenir y reducir el riesgo.
Redacción Simón González
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