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En un municipio del sur del Tolima donde la guerra moldeó silencios, reglas y destinos, Laura Sanabria decidió no irse. En lugar de aceptar que la violencia fuera paisaje y norma, convirtió el feminismo en una forma de organización y el arte en una estrategia para disputar el territorio. Lo que comenzó con unos patines y un grupo de jóvenes terminó siendo una apuesta política: demostrar que permanecer, para una mujer joven en un lugar atravesado por el conflicto, también es una forma de resistencia.


En Ataco, la plaza pública parece detenida en el tiempo: de un lado la iglesia, del otro la Alcaldía, y a los costados montañas que de grises parecen azules. Bajo un sol inmenso, niñas y niños se lanzan ula ulas de colores. Es 2021 y se celebra la primera edición de Expresarte. Pero en Ataco, la plaza pública no siempre fue un lugar para el arte. Durante años fue escenario de silencios, de controles, de presencias uniformadas y de reglas impuestas a través de la violencia. Hoy, cuando un grupo de niñas patina en el centro del pueblo y una tarima convoca música, danza y teatro, Expresarte no es solo un festival. Es una disputa.

Niñas patinando. Foto tomada de @colectivaexpresarte.

Laura creció escuchando política. Su padre fue concejal durante más de una década en el municipio y ella lo acompañaba a las sesiones. No entendía del todo los debates, pero sí que allí se tomaban decisiones que afectaban la vida cotidiana. La política no era una palabra abstracta; era una conversación en la que los adultos discutían presupuestos, proyectos y prioridades.

En casa, la otra figura decisiva era su madre, docente de primaria. La educación también era un ejercicio público. Profesores que llegaban a la casa, conversaciones largas sobre estudiantes, sobre el colegio, sobre el papel de enseñar en un lugar atravesado por dificultades. Laura creció entre esos dos escenarios: la política y el aula.

Pero la infancia en Ataco no estuvo hecha solo de debates y cuadernos. Estuvo atravesada por la violencia que marcó al sur del Tolima en los años más duros del conflicto. Balaceras que interrumpían el juego en el parque. Historias que los adultos narraban en voz baja. El asesinato del padre de un compañero de escuela dejó una imagen imposible de borrar: una familia rota en plena cuadra, el dolor expuesto, la comunidad mirando sin poder hacer nada.

“La violencia se vuelve paisaje”.

Y cuando se vuelve paisaje, se normaliza.

Esa normalización no solo operaba sobre las armas. También sobre los cuerpos y las reglas morales. En el pueblo, como en muchos otros, existían códigos no escritos sobre cómo debía comportarse una mujer, qué podía hacer, hasta dónde podía opinar. Laura recuerda que el trato no era el mismo para ella que para su hermano. Las expectativas eran distintas. Las libertades también.

Ese descubrimiento no fue teórico. Fue cotidiano. Y con el tiempo tuvo nombre: género.

Estudiar sociología en la Universidad del Tolima le dio herramientas para entender lo que había vivido sin explicación. Las restricciones morales reforzadas por actores armados. La manera en que el control del territorio también implicaba control sobre las personas. La ausencia de espacios para que jóvenes imaginaran proyectos de vida distintos a los que la guerra ofrecía.

Pudo haberse quedado en el diagnóstico. No lo hizo.

En plena pandemia, de regreso al municipio, decidió probar algo distinto: unos patines, un grupo de jóvenes, talleres improvisados.

“Era extremo el deporte y no la guerra”.

No había infraestructura ni recursos garantizados —aún no los hay, señala—. Pero había una intuición: si el territorio ofrecía pocas opciones, alguien tenía que ampliarlas.

El arte y el deporte no llegaron como consigna pacifista. Llegaron como ocupación del espacio público. Como forma de decirles a niños y niñas que la plaza podía ser otra cosa. Que el cuerpo no tenía que estar disponible solo para el miedo.

Con el tiempo, ese impulso se convirtió en organización. Nació el Festival Expresarte: Territorio, Paz y Arte. Primero en Ataco. Luego en otros municipios del sur del Tolima: Chaparral, Río Blanco. La apuesta dejó de ser local para volverse regional. No se trataba de llevar un espectáculo itinerante, sino de articular voluntades, gestionar recursos, formalizar procesos.

“Uno no puede hablar de transformación y trabajar gratis toda la vida”.

La dignificación del trabajo cultural también es parte de su postura feminista. Porque el trabajo social, como el trabajo de cuidados, suele asumirse como vocación y no como labor que merece condiciones.

El feminismo en su caso no aparece como etiqueta. Aparece como lente permanente. Está en la forma en que cuestiona los espacios políticos donde las mujeres hacen campaña, pero no encabezan listas. Está en la manera en que insiste en que los proyectos territoriales incluyan enfoque de género. Está en los talleres donde les dice a niñas y niños que los deportes no tienen sexo, que el respeto no es opcional.

También está en su lectura de la paz. Para Laura, hablar de paz no es un gesto simbólico. Es asumir que, sin cohesión social y sin oportunidades reales para jóvenes, el territorio vuelve a quedar en manos de quienes imponen orden a través del miedo.

Por eso insiste en la participación. En las juntas de acción comunal. En las mesas donde se discuten prioridades. En la necesidad de que la comunidad decida qué quiere para su futuro.

“Si no nos reunimos, otros deciden”.

Permanecer en el territorio ha sido una decisión política. Permanecer, para una mujer joven en un territorio atravesado por la guerra, no es una decisión neutra. Muchos se han ido buscando seguridad o mejores oportunidades. Ella eligió volver. No por romanticismo rural, sino porque entiende que el abandono también reproduce desigualdad. Quedarse implica lidiar con críticas, con sospechas, con la dificultad de gestionar recursos en contextos donde todo parece insuficiente.

Laura Sanabria. Festival Expresarte.

La plaza ocupada por el festival no borra la historia de violencia. Pero la interrumpe. La modifica. La pone en discusión.

Cuando habla de su trabajo, Laura no utiliza la palabra esperanza con ligereza. Habla de responsabilidad. De coherencia entre lo que se piensa y lo que se hace. De no repetir las jerarquías que critica. De no aceptar como natural lo que en su infancia parecía inevitable.

Si algo conecta todas sus decisiones es esa conversación silenciosa con la niña que escuchaba debates en el Concejo y corría a refugiarse cuando sonaban disparos. No solo para consolarla, sino para demostrarle que el territorio no es un destino fijo.

Laura no organiza un festival para celebrar la paz. Organiza espacios para que la paz tenga dónde ocurrir.

Y en ese gesto, sobrio y persistente, hay una forma de decir que el mundo que le tocó vivir no tiene por qué permanecer intacto.

Redacción por: Saray Moreno

Imágenes suministradas – Radio Universidad del Tolima