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Pedro Julián Gallego, decano de la Facultad de Ciencias del Hábitat, Diseño e Infraestructura, explicó en Radio Universidad del Tolima por qué ocurrió el sismo, qué son las réplicas, cómo influye el tipo de suelo y qué debe hacer la ciudadanía ante un evento de esta naturaleza.

Un terremoto puede durar apenas unos segundos, pero después deja preguntas que pueden permanecer durante días: ¿por qué ocurrió?, ¿puede repetirse?, ¿el calor tiene algo que ver?, ¿qué son las réplicas?, ¿por qué en algunas ciudades se sintió más fuerte?, ¿qué tan segura es una edificación?

Tras el sismo registrado en Colombia, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, el ingeniero civil Pedro Julián Gallego, magíster en Ingeniería Civil con énfasis en Geotecnia y doctor en Ingeniería, pasó por los micrófonos de Radio Universidad del Tolima para responder algunas de esas preguntas desde la ingeniería y la geotecnia.

¿Por qué tiembla Colombia?

Para entenderlo hay que mirar debajo de nuestros pies.

Colombia está atravesada por la cordillera de los Andes y se encuentra en una zona de interacción entre diferentes placas tectónicas. Gallego explicó que una de las claves está en la interacción entre la placa de Nazca, de origen oceánico, y la placa Suramericana.

Cuando estas placas interactúan y se produce una liberación de energía, esa energía se propaga en forma de ondas sísmicas.

«Cuando ese movimiento de placa sobre ese gran magma ocurre, existe liberación de energía y esa liberación de energía es lo que produce una onda dinámica que se conoce como sismo.»

En el caso del evento analizado durante la entrevista, la profundidad fue un elemento determinante. Gallego explicó que el sismo tuvo una profundidad aproximada de entre 84 y 90 kilómetros, por lo que no correspondió a un sismo superficial.

La profundidad importa porque la energía debe recorrer una mayor distancia antes de llegar a la superficie.

«Para que la energía viaje desde el punto de su liberación hasta la superficie pues tendrá que subir o transitar 80 kilómetros. […] cuando llega a la superficie pues ya ha habido una mitigación un poco de la energía.»

No: el calor no provoca los terremotos

Después de un sismo suelen aparecer explicaciones que circulan rápidamente por redes sociales. Una de las más comunes asegura que los terremotos ocurren cuando hace mucho calor o después de períodos prolongados de verano.

La explicación científica es diferente.

Gallego fue enfático al señalar que no existe una relación entre la temperatura que sentimos en la superficie y la ocurrencia de un sismo a decenas de kilómetros de profundidad.

«No tiene absolutamente nada que ver el clima que está ocurriendo en la superficie terrestre con lo que ocurra al interior de una estructura rocosa o una formación del planeta.»

El dato ayuda a dimensionar la diferencia: el sismo analizado ocurrió aproximadamente a 88 kilómetros de profundidad.

Por eso, que una ciudad registre temperaturas elevadas no significa que esté aumentando la posibilidad de que ocurra un terremoto.

¿Puede saberse cuándo llegará una réplica?

Esta es quizá una de las preguntas que más ansiedad generan después de un terremoto.

La respuesta de Gallego es clara: las réplicas pueden ocurrir, pero no es posible predecir exactamente cuándo ni dónde se producirán.

Después de un evento sísmico importante pueden presentarse movimientos posteriores. Lo habitual es que su intensidad vaya disminuyendo con el paso del tiempo, aunque cada secuencia sísmica tiene características particulares.

«No puede predecir ni el sismo, ni puede predecir réplicas.»

Esta precisión resulta especialmente importante en momentos en los que circulan mensajes que anuncian una hora determinada para una supuesta réplica.

La ciencia no permite hacer ese tipo de predicciones.

Lo que sí existe son sistemas de alerta temprana. Gallego explicó que estas herramientas no «adivinan» que va a ocurrir un terremoto: detectan el evento una vez comienza y aprovechan la diferencia entre la velocidad de propagación de las ondas sísmicas y la velocidad de las comunicaciones para enviar información a zonas que todavía no han sentido el movimiento.

El suelo también importa

Que dos ciudades reciban el mismo terremoto no significa necesariamente que experimenten los mismos efectos.

Aquí entra la geotecnia.

Gallego explicó que un suelo duro, compuesto por roca consolidada, puede disminuir la incidencia de la onda sísmica, mientras que determinados suelos blandos y saturados pueden amplificarla.

«Cuando el suelo es un suelo duro, una roca consolidada fuerte, la incidencia de la onda sísmica lo que hace es disminuir cuando llega a ese tipo de suelo. Contrario pasa cuando la onda sísmica llega a un suelo arcilloso débil, saturado: lo que pasa es que la onda sísmica se aumenta.»

Esto ayuda a explicar por qué Ibagué no experimentó el mismo nivel de afectación que otras ciudades más próximas al epicentro. La distancia, la profundidad del terremoto y las características del terreno intervienen en la manera en que las ondas llegan a cada lugar.

¿Y qué pasa con la llamada «falla de Ibagué»?

Otro mito frecuente es hablar de una única falla de Ibagué como si su existencia significara que la ciudad estuviera condenada a sufrir un terremoto.

Gallego propone una explicación mucho más precisa.

La ciudad está asentada sobre materiales que, según explicó, fueron transportados desde el entorno del Nevado del Tolima a través del cañón del Combeima y depositados durante diferentes procesos geológicos. Estos materiales se encuentran sobre una formación rocosa conocida como el batolito de Ibagué.

Las fallas son, en términos sencillos, fracturas o cicatrices que quedan en las rocas como consecuencia de procesos geológicos.

Por eso, explica el ingeniero, hablar de una única falla simplifica demasiado la estructura geológica de la ciudad.

«Ibagué no tiene una falla, tiene varias fallas.»

Y hay una aclaración fundamental: la presencia de esas fallas no significa automáticamente que una parte de Ibagué vaya a hundirse durante un terremoto ni que toda la ciudad tenga el mismo nivel de riesgo.

La intensidad de los daños depende de múltiples factores: la distancia al epicentro, la magnitud, la profundidad y el tipo de suelo.

La pregunta más importante: ¿qué debemos hacer cuando tiembla?

La conversación terminó trasladando la discusión de la geología a la responsabilidad colectiva.

Para Gallego, una edificación correctamente diseñada y construida bajo las normas sismorresistentes debe estar preparada para que, ante un terremoto, no colapse.

Pero esa responsabilidad no recae únicamente en quienes diseñan o construyen.

También involucra a las autoridades encargadas de la regulación y a quienes intervienen las obras. El ingeniero hizo especial énfasis en la calidad de los materiales y en la necesidad de evitar construcciones informales que no cumplen con los criterios técnicos.

Y después está la preparación de quienes habitamos las edificaciones.

Durante un sismo, explicó, correr por las escaleras no necesariamente es la opción más segura, especialmente mientras el movimiento está ocurriendo.

«Lo más importante es guardar la calma […] eso solamente se puede lograr cuando uno se prepara para algo.»

La preparación, entonces, no debería comenzar cuando la tierra empieza a moverse.

Debería comenzar antes.

Gallego cuestionó que los simulacros se realicen sin que exista una apropiación real de los protocolos por parte de la ciudadanía y planteó la necesidad de fortalecer la preparación institucional y comunitaria frente a este tipo de emergencias.

Colombia no puede olvidar que es un país sísmico

El terremoto también dejó una conclusión que va más allá del evento puntual.

Colombia está ubicada en una región de alta actividad sísmica, especialmente en sectores asociados a la interacción de placas tectónicas. Gallego explicó que buena parte del territorio del Pacífico está clasificado con niveles altos de amenaza sísmica y que, en el Tolima, existen municipios ubicados tanto en zonas de amenaza media como alta.

Eso no significa vivir con miedo.

Significa conocer el territorio, reconocer las amenazas y prepararse.

Como plantea el ingeniero durante la entrevista, el objetivo de hablar de estos riesgos no es anunciar que habrá un próximo terremoto, porque nadie puede predecir cuándo ni dónde ocurrirá. El propósito es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más importante: que cuando vuelva a temblar, la ciudadanía sepa cómo actuar.

Redacción Simón González
Imagen principal: suministrada