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La crisis climática no es solamente un problema de temperaturas más altas. Está relacionada con el agua, los bosques, la biodiversidad, la economía y las decisiones que toman las sociedades. El climatólogo Germán Poveda Jaramillo explica algunas de las conexiones que permiten comprender por qué proteger ecosistemas como la Amazonia también significa proteger el futuro de las comunidades.
¿Qué estamos entendiendo cuando hablamos de cambio climático?
Hablar de cambio climático puede parecer sencillo: la temperatura del planeta está aumentando. Sin embargo, detrás de esa afirmación existe un sistema mucho más complejo.
El clima funciona como una red en la que interactúan la atmósfera, los océanos, los bosques, los suelos, el agua y los seres vivos. Cuando uno de esos componentes cambia de manera significativa, los demás también pueden verse afectados.
Para Germán Poveda Jaramillo, investigador colombiano especializado en hidrología y climatología, una de las tareas de la ciencia ha sido precisamente comprender esas conexiones y explicar cómo las actividades humanas están modificando el funcionamiento del planeta.
La pregunta ya no es únicamente cuánto está aumentando la temperatura. También es necesario preguntarse qué ocurre con el agua, los ecosistemas y las comunidades cuando cambia el clima.
1. ¿Por qué la Amazonia es tan importante para el clima?
Cuando se habla de la Amazonia suele pensarse en su enorme biodiversidad y en los árboles que cubren buena parte de su territorio. Pero el bosque amazónico también participa activamente en el ciclo del agua.
Los árboles absorben agua del suelo y la liberan nuevamente a la atmósfera mediante un proceso conocido como evapotranspiración. Esa humedad contribuye a la formación de nubes y a las precipitaciones.
Por eso, destruir el bosque no significa únicamente perder árboles.
Significa alterar procesos que conectan suelo, vegetación, atmósfera y agua.
La Amazonia funciona, en ese sentido, como un enorme sistema natural que redistribuye humedad y ayuda a mantener determinados patrones climáticos en buena parte de Suramérica.
Por eso la deforestación amazónica tiene consecuencias que pueden superar ampliamente los límites del territorio donde ocurre.
2. ¿La ciencia es la única forma de conocer un ecosistema?
Aquí aparece una de las reflexiones más interesantes de la entrevista.
Poveda cuestiona la idea de que el conocimiento válido sobre la naturaleza solamente puede producirse dentro de una universidad o un laboratorio.
«No solamente existe ese conocimiento científico académico que manejamos en las universidades, sino que los pueblos indígenas y las comunidades locales que han vivido en esos ecosistemas por miles de años conocen su funcionamiento.»
Esto tiene una implicación importante.
Una comunidad que ha vivido durante generaciones en un bosque puede reconocer cambios en los ciclos de lluvia, en los animales, en las plantas, en los ríos o en las temporadas de cosecha a partir de una experiencia acumulada durante décadas.
Ese conocimiento no reemplaza la investigación científica, pero puede dialogar con ella.
La ciencia puede aportar mediciones, modelos, instrumentos y metodologías. Las comunidades pueden aportar una experiencia profunda y localizada del territorio.
La combinación de ambos conocimientos puede producir una comprensión mucho más completa de los ecosistemas.
3. ¿Por qué el crecimiento económico no siempre significa bienestar?
Otro punto central de la conversación está relacionado con la manera en que medimos el desarrollo.
Uno de los indicadores económicos más conocidos es el Producto Interno Bruto (PIB), que mide el valor monetario de los bienes y servicios producidos en un territorio durante un periodo determinado.
Pero el PIB no necesariamente responde una pregunta diferente: ¿qué tan bien está viviendo una sociedad?
Poveda lo resume de esta manera:
«El Producto Interno Bruto es un indicador de transacciones económicas, pero no es un indicador de desarrollo o de bienestar para una sociedad.»
Una economía puede crecer mientras pierde bosques, contamina ríos o deteriora la calidad del aire.
Por eso, la discusión ambiental también obliga a preguntarse qué entendemos por desarrollo y qué indicadores deberían utilizarse para medirlo.
4. ¿Qué es la bioeconomía y por qué puede ser importante para Colombia?
La bioeconomía propone aprovechar de manera sostenible los recursos biológicos y el conocimiento asociado a ellos para generar bienes, servicios y oportunidades económicas.
En un país como Colombia, que posee una enorme diversidad de ecosistemas y especies, esto abre una discusión particularmente relevante.
La idea no consiste simplemente en extraer recursos de la naturaleza y venderlos. El desafío está en generar valor económico sin destruir la base natural que permite producirlo.
Por ejemplo, la biodiversidad puede estar relacionada con investigaciones farmacéuticas, alimentos, productos agrícolas, turismo de naturaleza o desarrollos biotecnológicos.
La pregunta fundamental es cómo hacer que esas actividades beneficien también a las comunidades que habitan los territorios y contribuyan a su conservación.
5. ¿Por qué la crisis climática también es un problema de justicia?
Existe una dimensión del cambio climático que a veces queda escondida detrás de las cifras de temperatura y las gráficas: no todas las personas contribuyen de la misma manera al problema ni tienen la misma capacidad para enfrentar sus consecuencias.
Una comunidad que depende directamente del agua de un río, de la agricultura o de los ciclos naturales puede experimentar de manera mucho más directa los efectos de una alteración climática.
Y existe además una dimensión temporal.
Las decisiones tomadas hoy tendrán consecuencias para personas que todavía no han nacido.
Poveda define esa discusión como un problema de «equidad intergeneracional».
En otras palabras: las generaciones actuales utilizan recursos naturales y toman decisiones que afectarán las posibilidades de vida de las generaciones futuras.
Entonces, ¿qué puede hacer la ciencia?
Una de las conclusiones más importantes de la entrevista es que la ciencia no puede trabajar aislada.
Investigar permite entender los problemas, medirlos y anticipar escenarios. Pero transformar esa información en soluciones requiere también educación, políticas públicas, participación ciudadana, decisiones económicas y conocimiento de los territorios.
La crisis climática, por eso, no es exclusivamente un asunto de científicos y científicas.
También involucra a quienes toman decisiones sobre los territorios, a las comunidades que los habitan, a los sectores productivos y a la ciudadanía.
La pregunta científica termina convirtiéndose entonces en una pregunta social: si ya tenemos buena parte del conocimiento necesario para comprender lo que está ocurriendo, ¿qué estamos dispuestos a cambiar a partir de ese conocimiento?
Redacción Simón González
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