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Una adolescente de quince años sale del colegio, barrio El Salado, y en la calle se encuentra con la siguiente escena: bailarines, grafiteros y raperos. Esta chica es Nayid Loren, y esto que les cuento está sucediendo en Ibagué hacia mediados de la década de 2000, una época en la que, en palabras de Nayid, la escena del hip hop en la ‘Ciudad Musical’ era una sola y ahora, dice ella, «todos son diferentes, los grafiteros aparte, los que freestylean aparte».

Junto a un grupo de amigas, Nayid se gana un lugar en esta escena, como una aprendiz compulsiva que, a la par de las figuras de antaño, compone y freestylea. Fiel a la escena con la que este movimiento tuvo sus inicios en el Bronx de Nueva York, en 1973, Nayid se hace artista en la calle: con amigos, en la esquina del barrio, en el parque. Esa fue su escuela. 

Y lo sigue siendo: es en la calle donde Nayid encuentra un lugar para seguir haciendo música, a la par que conoce gente en un circuito autogestionado de amigos y artistas que componen, graban y se autoproducen.

«Yo no estudié en la academia, pero sí he estado estudiando con mis amigos, porque a veces tú no tienes el conocimiento o la oportunidad de estudiar… una producción, era un tema como que no había esa oferta, ahorita sí, pero antes era como que no había, entonces aprendías de tu amigo: oye, instala ese programa, vamos a grabarnos, vamos».

También está su carácter multifacético, propio del artista independiente que no tiene equipo detrás y termina siendo su propio productor, su propio promotor, su propia gestora. Nayid se niega, además, a describir su identidad desde una única pasión — y eso también tiene que ver con la realidad del artista ibaguereño: una labor que no da de comer, pero engrandece.

«Yo soy madre soltera, yo trabajo en la finca cogiendo café, yo trabajo en lo que me salga, yo soy artista callejera, hago karaokes, trabajo en eventos, hago muchas cosas, trabajo en videos».

Nayid Loren en una manifestación. Foto: cortesía de la artista, para Radio UT.

Quizás de ahí la contundencia con que sus letras gravitan entre la denuncia social y temas mucho más íntimos, como la disputa espiritual frente a la pregunta de quién es Dios. Hace un año, Nayid Loren estrenó su primer álbum: seis sencillos bajo el nombre «Akaya», de sonoridad más orgánica —bajo, contrabajo—, un registro que respira calma, casi en tregua con los conflictos de la vida. Este año, el giro es total: «Coca», su trabajo más reciente, son siete sencillos que abandonan esa serenidad y entran en un terreno crudo, de rap directo, con temas como «Pendeja» y «País de la Coca» que no piden permiso. Ella misma lo describe como un artefacto donde se guardan experiencias y sentimientos, rap hecho desde la vivencia de una mujer madre soltera, urbana y rural, de raíces campesinas.

«Uno escribe o interpreta… habla desde el ser, que el mismo ser es el que se transmuta… yo todo lo que escribo, lo escribo porque he tenido algo en mi corazón, una espina y algo que no me deja respirar y tengo que sacarlo».

Entre esas múltiples caras está también la de abrir camino. Cuando empezó, dice Nayid, no había nadie — ninguna otra mujer en la escena, nadie que le mostrara el camino. De esa ausencia nace el junte con otros espacios: el Festival Expresarte, Casa Dulima, el colectivo de cine comunitario Cocosur, para hacer circular a mujeres raperas y artistas de Ibagué, y enseñarles, en el camino, algo de lo que sabe. Hoy, ese mismo impulso sigue vivo en el espacio de proyección musical que le abrió la Universidad del Tolima, donde vincula a mujeres tatuadoras y grafiteras que, como ella a los quince años, no tienen acceso a la academia, pero sí tiempo y voluntad para su oficio. 

«Porque cuando yo empecé no había nadie, ¿no? Y me tocó fuerte».

Nayid se hace artista en la calle: con amigos, en la esquina del barrio, en el parque. Esa es su escuela y también su terquedad. 

Coca, de principio a fin, en YouTube

Encuéntrala en redes: @nayidloren

Redacción por Saray Moreno.