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Cuando tenía siete años, María Victoria del Rosario Valencia Robles descubrió el cine desde el techo de su casa en Montería. Décadas después, aquella niña se convertiría en una de las principales impulsoras del cineclubismo en el Tolima, formando generaciones de espectadores desde la Universidad del Tolima y, actualmente, desde Cinema Panóptico.

Mucho antes de proyectar películas en auditorios universitarios o de dirigir uno de los espacios de cine más importantes de Ibagué, María Victoria del Rosario Valencia Robles ya tenía una relación muy particular con la gran pantalla. Tenía apenas siete años cuando, desde el techo de su casa en Montería, veía las películas que proyectaban en un teatro al aire libre ubicado justo detrás de su vivienda. No escuchaba los diálogos. Solo veía las imágenes. Sin saberlo, allí comenzaba una historia que décadas después ayudaría a formar a miles de espectadores en el Tolima.

Hay personas que llegan al cine porque sueñan con dirigir una película. Otras quieren actuar o escribir guiones. La historia de Vicky Valencia comenzó mucho antes de pensar en cualquiera de esas posibilidades.

Fue una niña curiosa que descubrió que una sucesión de imágenes podía contar historias incluso cuando no había sonido.

«Yo veía cine desde los siete años porque detrás de mi casa había un teatro. Los teatros de cine de la costa, por el problema del calor, son al aire libre. Entonces yo me subía en el techo de mi casa y veía las películas sin sonido, solamente las imágenes.»

Aquellas tardes despertaron una fascinación que nunca desaparecería.

Pero Vicky insiste en que no todo comenzó con el cine.

Antes llegaron los libros.

Recuerda que su abuelo tenía una biblioteca inmensa y fue él quien despertó en ella el hábito de la lectura. Mientras otras niñas leían cuentos infantiles, ella descubría las aventuras de Julio Verne, una experiencia que terminaría moldeando su manera de comprender las historias.

«Tengo que agradecerle a mi abuelo que tenía una biblioteca gigantesca y que yo aprendí a leer. Me puso los libros que tenía que leer. Por ejemplo, me leí todos los Julio Verne cuando tenía siete u ocho años.»

Esa relación entre literatura y cine marcaría su futuro.

Cuando terminó el bachillerato quería estudiar cine, pero en Colombia todavía no existían espacios de formación como los actuales.

Por eso decidió estudiar Literatura y Lingüística en la Universidad Santo Tomás.

No fue una renuncia.

Fue el camino que encontró para acercarse al lenguaje de las historias.

Durante la entrevista explica que comprendió muy pronto que el cine no era simplemente teatro grabado, sino un lenguaje completamente distinto.

Uno que narraba a través de las imágenes.

Esa búsqueda la llevó años después a la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba.

Aunque nunca cursó allí un programa de cinco años, como muchos de sus colegas, sí participó durante varias temporadas en talleres especializados de guion y lenguaje audiovisual.

«Yo no era una estudiante regular de los cinco años; me vinculé con todos los talleres y a mí me aceptaban en los talleres vacacionales de junio, diciembre y enero.»

De regreso a Colombia encontró otro camino para vivir el cine.

No detrás de una cámara.

Sino frente al público.

Así comenzó una labor silenciosa que hoy hace parte de la memoria cultural de Ibagué.

En los años noventa asumió la coordinación del Cineclub de la Universidad del Tolima, luego de recibir la invitación para continuar un proceso que ya existía.

Lo que parecía un relevo terminó convirtiéndose en uno de los proyectos culturales más constantes de la ciudad.

Durante más de dos décadas, todos los jueves, sin interrupciones, presentó películas, organizó ciclos temáticos y promovió conversaciones alrededor del cine.

No siempre fue fácil.

Hubo épocas en las que el cineclub tuvo que abandonar teatros, cargar proyectores enormes o buscar nuevos espacios para continuar.

Incluso recuerda que un ciclo dedicado al cine cubano provocó que les cerraran las puertas de algunas salas de exhibición.

«Cuando nos sacaron de los teatros, tratamos de entrar al Metropol y también nos sacaron porque empezamos un ciclo de cine cubano.»

Lejos de detenerse, el cineclub siguió cambiando de sede.

Pasó por auditorios universitarios, salones comunales, el Museo de Arte del Tolima y, finalmente, encontró un nuevo hogar en el Complejo Cultural Panóptico, donde hoy continúa funcionando Cinema Panóptico.

Más que proyectar películas, Vicky siempre entendió el cine como una conversación.

Por eso explica que un cineclub tiene una misión distinta a la de una sala comercial.

No se trata únicamente de exhibir una película, sino de ofrecer herramientas para comprender el lenguaje cinematográfico y dialogar sobre lo que ocurre en la pantalla.

A lo largo de más de treinta años ha acercado al público ibaguereño a cinematografías de América Latina, Europa, Asia y África; ha impulsado ciclos sobre derechos humanos, memoria, literatura y conflictos sociales, y ha contribuido a que varias generaciones descubran que el cine también puede ser una herramienta para pensar el mundo.

Esa labor continúa hoy.

Además de mantener Cinema Panóptico, recientemente impulsó un nuevo cineclub en el corregimiento de Juntas, demostrando que su interés sigue siendo el mismo que comenzó hace décadas: llevar el cine allí donde todavía puede sorprender a alguien. Mientras muchas personas dedicaron su vida a hacer películas, María Victoria del Rosario Valencia Robles eligió un camino menos visible, pero igualmente indispensable: formar a quienes las ven y gracias a ese trabajo, miles de personas en Ibagué aprendieron que el cine no termina cuando aparecen los créditos finales. En muchas ocasiones, la verdadera película comienza cuando se encienden las luces y alguien se anima a conversar sobre lo que acaba de ver.

Redacción Simón González
Imagen principal: suministrada